jueves, octubre 15, 2009

Guitarra en Mano


La materia prima de todo encuentro son los finos detalles a tomar en cuenta en la sinfonía que es la seducción. Cada detalle cuenta, cada detalle sirve y cada detalle… también te mata. Los andares de aquellas notas involucradas en esta suave canción siempre van cambiando de posición, subiendo de tono y otras veces llegando a niveles casi imperceptibles donde no quieren estar presentes pero tampoco quieren que los piensen desaparecidos. Así, como en todas las grandes artes, no hay una sola canción mejor que todo el resto. No hay un solo estilo ni duración. Creo que sobra decir… que no son las mismas notas.


Hay quienes viven bajo la filosofía del Don Juan. Quienes creen saber tocar todos los instrumentos, comprender todas las notas. Pero muy lejos está del arte de realmente poder ser parte de una canción. Un dueto que se forma a través del tiempo y que suavemente se va transformando en una sola voz que poco a poco es acompañado de nuevas voces que se agregan en el camino. La melodía de nuestras vidas.


Entonces, porqué a veces debemos modificar nuestro actuar? Porqué para poder lograr entrar en la vida de alguien se supone que debemos portar una mascareta de acciones; un disfraz del buen actuar. Un halo de misterio que nos permita ser más atractivos en el exterior: “¿Porqué me hace esto?”, “¿Qué pasa por su cabeza?”. ”Interesante” es como lo definen. El generarlo de tal forma de provocar atracción y después quizás más adelante poder mostrarte de una buena vez y quizás saber que es lo que realmente pasa por tu cabeza, cual es tu forma de ser… sin imágenes, sin misterios.


Es un constante juego de seducción donde vives flotando entre roles de varias personas en una, todos diferentes papeles que te duraran la noche, quizás hasta la siguiente mañana si es que tuviste suerte de enganchar la “línea” correcta. Personajes que sutilmente dejan escapar tu real personalidad y que poco a poco instalan en tu vida una bipolaridad generada y calculada. ¿Muy complejo? No lo creo, hoy forma parte de la sociedad en la que estoy inmiscuido, de la cual poco a poco nos ha ido absorbiendo hasta el punto donde cuesta reconocer quienes somos realmente. Hasta el punto de sentirte parte de este ritmo de vida. Hasta el punto de… olvidarte cual es un rol… y cual no.


¿Y si tienes éxito? Cuando tus dotes actorales son lo suficientemente bueno y tu personalidad te permite adoptar cada una de las “técnicas” las cuales te permiten compartir un par de horas de bailes o arrugar las sabanas, te sientes completo, poderoso. Pero… ¿hasta cuando? Cada día que vas incluyendo en tu vida nuevas experiencias de vidas ajenas, historias que increíblemente suenan al día a día de una sociedad tergiversada, pero tan… normal… no se entiende. Pero te adaptas. Hasta que surgen tus raíces y caes de golpe.


A semanas de volver a cambiar de rumbo, terminas haciendo un retro análisis de lo que has vivido, de cuanto has pasado y de las cosas que quieres guardar para ti. Te preguntas ¿que me quedó? ¿Que no olvidaré nunca? “Aquella noche en Kika con…. Como se llamaba ella? Espera espera… ya voy a caer… pero si me encantó! Pero su nombre???”… Dios… Efímero.


A fin de cuentas, después de tanto tiempo, si tengo que retroceder a una época realmente feliz, o al menos la más cercana donde sentía el poder componer mi propia canción, fue hace más de 2 años. Con ritmos tropicales de lluvia, locura y pasión. El resto, son momentos, muy buenos momentos. Pero siempre… momentos.


Para mí, la vida no está en la capacidad del Don Juan de conseguir lo que quiera, cuando quiera y sin limitaciones. Si la apertura y espontaneidad asusta a la mayoría y quita ese “misterio” de necesitar varios meses para comenzar a descubrir realmente a alguien, que más da? Prefiero el poder ser el reflejo de mi vida desde el primer día, a libro abierto, sin mascaretas. Al menos gustaras por quien eres.


Mi ritmo es diferente, mi canción desconocida con un poco de ritmo de la tristeza de un “Te Conozco” y la galantería del pensar y “Si fuera Ella”. Quizás pase suavemente desapercibido para la mayoría, pero siempre estará aquel oído fino capaz de sentir en el alma lo que quiero cantar y con un suave tarareo hacerse parte de mi canción.


¿Me pueden llegar a decir que existe algo mejor que esperarlo con mi guitarra en mano saboreando cada roce de mis dedos contra las cuerdas?

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